Empecé a escribir este libro en el verano de 1996 y lo concluí en el de 2000.Constaba, en su primera redacción, de 80 capítulos (79 más un epílogo) y aproximadamente 745 páginas, dividido todo en tres partes tituladas 'La leyenda de Geirtrair', 'El Descubrimiento del Profesor Lippershey' y 'El Día de la Ira'; o sea, que se requiere valor para leerlo.
Una tercera reforma tuvo lugar a finales del año 2003, cuando lo "limpié" de muchas de las frases hechas, adjetivos, adverbios sobrantes.
Todavía no estoy satisfecha con el resultado, y no descarto, más adelante realizar todavía más cambios, siempre con el deseo de hacer la lectura más fácil y entretenida a los posibles lectores.
El protagonista es el profesor Lippershey, especie de alter ego de mi actor favorito Christopher Lee, del que he tomado unos cuantos rasgos físicos.
El profesor Lippershey, un parapsicólogo inglés afincado en el Principado, investiga las andanzas de un monstruo-vampiro que trae locos a los habitantes de pueblo de Barglava, en el Valle del Mende. Aunque la tradición y los rumores apuntan a que se trata de un ser sobrenatural, Lippershey está convencido de que tal monstruo no existe, y que quienes atacan al ganado e incluso a las personas son las integrantes de una secta femenina adoradora de la diosa Geirtrair, cuya líder es la Baronesa Anabel Spengler. Con ayuda de su secretaria Ariane Lavalle, de su antiguo ayudante Philip y de su colega el fantasioso Doctor Sergio Adamski, indagará en los secretos del Valle y en el pasado del país alpino y de la Baronesa y sus antepasados, hasta llegar a un descubrimiento que supera todo lo imaginable...

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Personajes:
Profesor Lippershey
Ariane Lavalle
Philip Dreyeris
Sergio Adamski
Anabel Spengler
Cristina D'Armani
Amelia D'Armani
Elisa Faenza
Lucián Faenza
Theodor D'Angelis
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CAPITULO 1
El 5 de octubre de 199*, a las cuatro treinta, Ariane Lavalle condujo su “Volkswagen Escarabajo” hacia el número 1 de la Plaza Comendatori del Distrito 6 de Calibánn, capital del Principado de Arberia, para acudir a una entrevista de trabajo con el profesor Lippershey, quien dos días antes había publicado en varios periódicos del país la siguiente oferta de empleo:
Científico necesita secretaria a jornada completa. Se requieren conocimientos de inglés y francés así como sentido del humor y afición probada por las tareas hogareñas. Preferible sepa conducir (bien).
Abstenerse pusilánimes, cobardes, enfermas del corazón y de los nervios; fanáticas de cualquier idea religiosa o política (patriotas inclusive); y adictas a la tele y a las revistas “rosas”.
Las nativas de la Gran Bretaña no serán recibidas cordialmente: el que avisa no es traidor.
Interesadas, telefoneen con la mayor brevedad posible al número 10 555 53 66 (preguntar por el profesor doctor Alexander Lippershey)
Por teléfono, el inglés (el acento no mentía) no había aclarado cuál era exactamente su profesión: se confesaba cultivador de la ciencia, pero esta afirmación resultaba bastante dudosa; por una parte ocurrencias tales como “abstenerse pusilánimes, cobardes, etc...” no cuadraban con el carácter serio y circunspecto que se les supone a los científicos; por otra, el Distrito 6, arrabal poblado por delincuentes, drogadictos y mujeres de vida distraída, no parecía la ubicación adecuada para dedicarse a actividades intelectuales.
Mientras conducía a toda velocidad con destino a lo desconocido, a Ariane se le representó la desagradable charla que el día anterior había mantenido con su familia al respecto. Eva, su hermana, que la tenía recogida en su chalet junto con sus dos hijos desde hacía más de un año, había montado en cólera al enterarse de que había concertado tal cita. En realidad, siempre temía que pudiera escapar de su control. Más que una hermana mayor era como una madre, y no precisamente de las más liberales. No había sido, no obstante, la única que había puesto objeciones. Tanto Eduart Beria, el esposo de Eva, médico igual que ella, como Marina, la hija adolescente de Ariane, se pasaron toda la velada haciendo bromas sangrantes acerca del particular. Que si no te van a dar el trabajo por la cara, que si yo no iba por ese barrio ni loca, que si a saber qué clase de extranjero ilegal dedicado a la trata de blancas iba a encontrar bajo ese ridículo “seudónimo” de Lippershey…
Ariane, que había escuchado todas estas sinrazones con un nudo en la garganta, no podía creer que el profesor, cuya voz, incluso alterada por el teléfono, le había sonado engolada, profunda y viril, como a ella le gustaba, resultara ser un delincuente. Tampoco hizo mucho caso a las burlas de su cuñado, quien refutaba las acusaciones de su sobrina, convencida del asunto del proxeneta, con maldades del cuño de: “¿Qué jeque se conformaría con nuestra Arianette, pudiendo pagar por mejor mercancía?” La señora Lavalle, tan acostumbrada a las humillaciones que venían por vía consanguínea como a las que lo hacían por afinidad, había procurado no mostrarse dolida; sabía por experiencia que la única manera de disgustar a un burlón es fingiendo no ofenderse. Además, pese a frisar los cuarenta y cinco, todavía se consideraba una mujer de muy buen ver. Bien es cierto que su crecimiento se había detenido unos pocos centímetros por debajo de la media europea, y que, a lo ancho, sus medidas eran más que generosas, en especial a la altura del pecho; unos ojos enormes; un pelo recio, bien teñido de castaño, y un rostro redondeado de suaves facciones mediterráneas que siempre quedaba perfecto en las fotos compensaban, no obstante, sus supuestos defectos.
Todas estas fantasías y temores se diluyeron, no obstante, en cuanto avistó el número 1 de la Plaza Comendatori, un descampado en las afueras.
Entre Ariane y las colinas verdes que rompían el horizonte se erigía una casa de inconfundible sabor inglés, que cubría sus muros con una camisa de hiedra. En la distribución de los elementos arquitectónicos no se respetaban las leyes de la simetría, característica, que, unida a su ropaje de minúsculas hojas le otorgaba un aire casi orgánico, como si fuera un fruto de la tierra nacido en un entorno hostil. La conformaban un bloque central (tres pisos) y dos alas; una de las cuales, la del este, era una especie de torre gótica, coronada por su chapitel de lajas de pizarra y todo. A tan peculiar obra del humano ingenio (un vegetal pétreo con aspecto de fortaleza sui generis) la circundaba un seto, linde entre el dominio público y el privado, éste encarnado por prados, festoneados por senderos de grava.
Ariane corrió hacia la escalinata que conducía a la puerta principal. Llegó al último peldaño agotada; momentos como aquél le hacían cuestionarse su afición a los pasteles de chocolate, aunque, todo hay que decirlo, nunca con tanta fuerza como para obligarla a tomar una decisión tajante al respecto. Mientras jadeaba, la espalda pegada a uno de los pilares que sostenían la marquesina de piedra, descubrió una plaquita junto al portón, en la que podía leerse, en caracteres dorados:
Sir Alexander J.G. Lippershey
Ufólogo-Hipnólogo-Parapsicólogo
“¿Parapsicólogo? ¡Ay, cielos; dónde me voy a meter!”, pensó la señora Lavalle; sin embargo, no se arredró: como le decía Eva, había que ser prácticos; pudiera ser que aquel tipo no estuviera en sus cabales, pero si le daba el trabajo estaría dispuesta a jurar sobre mil Biblias que sus investigaciones le parecían tan respetables como las de un físico nuclear; después de todo, el daño que con ellas podría causar al mundo era mucho menor.
Aún mantenía, pues, el dedo sobre el timbre cuando se abrió la puerta de la casa. El hombre que salió a recibirla mediría unos ciento noventa y cinco centímetros y poseía una acusada esbeltez, muy bien arropada por un traje de tres piezas de corte moderno. Aunque pasaba con holgura de los setenta, nadie le habría echado más de sesenta o sesenta y cinco: mantenía la columna tan tiesa como un jovenzuelo y su aspecto, sumamente saludable, recordaba al de esos jubilados pudientes que dilapidan sus eternas vacaciones en la Costa del Sol. Sus cabellos lucían un color gris azulado, que en las sienes ya era puro blanco. Sólo el bigote, que le rodeaba las comisuras de la boca, y las pobladas cejas, mostraban todavía el tono de los tiempos juveniles. Un par de lentes de montura metálica, redonda y ligera, cabalgaban a horcajadas una nariz grande y sensual, un poco torcida, sin restar ni un ápice de intensidad a su mirada, de una negrura y profundidad fuera de lo común: era evidente que, a unos ojos como aquellos, ofídicos, chispeantes, los animaba un espíritu superior, a cuyo dueño se podría aplicar el aforismo de Ernst Jünger: “Un viejo guerrero no tiembla”.
Su semblante estaba serio, horriblemente serio, según la apreciación de Ariane, que debía enfrentarse con él en su terreno, y aún no estaba convencida de sus buenas intenciones. Antes de que pudiera presentarse, él tomó la palabra:
—¿Es usted Ariane Lavalle Leblanc? —preguntó, marcando dos profundas arrugas en el entrecejo.
Ella reconoció de inmediato la voz: era el profesor Lippershey.
—Sí, señor —respondió, un poco medrosa.
—Llega usted un minuto y medio tarde –dijo Lippershey; había echado mano del reloj Cartier que llevaba prendido del bolsillo del chaleco, a la usanza antigua—. Sepa, jovencita, que no hay defecto que deteste tanto como la impuntualidad: denota abandono, escaso sentido del deber y falta de disciplina. Ande; entre de una vez... —ordenó con la firmeza de quien está acostumbrado a mandar sin que le repliquen.
Ariane penetró en la casa con paso dubitativo; la abigarrada decoración del vestíbulo quedaba deslucida por la penumbra que, pensó ella, formaba parte de la escenografía destinada a la selección de personal no impresionable. Nada más lejos: si Lippershey había echado las cortinas, era sólo para que las visitas no apreciaran el grosor de la capa de polvo que cubría los muebles y demás objetos, y en general, el desorden con que estos se distribuían en el espacio. Allí, en efecto, se almacenaban en un espontáneo caos sillerías Chippendale; bargueños indoportugueses; espejos de pared embellecidos con pan de oro; alfombras persas, candelabros; y sobre todo, un número inconmensurable de relojes de los más variados estilos (Imperio francés, á porteurs, grand father en laca roja, Brackets...) y que incluso parecían antigüedades genuinas.
El profesor la invitó a pasar a la biblioteca.
Allí, al igual que en la entrada, el color predominante era el caoba, matizado tanto por las indiscreciones del polvo como por las de la luz rojo-azulada que ardía en los vitrales. Ariane pudo ver una librería cuyos estantes contenían una pléyade de recuerdos de aventuras pretéritas, además de los libros, que se contaban por cientos; sus días acababan al costado de una chimenea que con su blasón pintado en vivos colores y su reja de morillos férreos, resultaba maravillosamente aristocrática.
Pero, de pronto, ella percibió el roce de una mano sobre su espalda: a Lippershey no se le había pasado por alto su interés por la colección de rarezas, algunas de las cuales le mostró a guisa de cicerone: un theu-teng[1] tibetano de cientos de cuentas; estatuillas de la diosa negra Kali; una réplica de la espada Excálibur; katanas, wakizashis y tantos[2] japoneses del periodo Edo; grimorios[3] forrados con piel humana y escritos con sangre; cuchillos de sacrificio azteca; etc, etc. Y, sobre todo, un fragmento metálico de diez por veinte centímetros, aproximadamente, en cuya cara superior se dibujaba una serie de caracteres que no recordaban a ningún alfabeto conocido. Para mayor asombro, aquellas letras (o lo que fueran) despedían un fulgor fosforescente. Lippershey lo acarició con el mismo deleite con que un amante hubiera tomado a su compañera. En ese instante, el aire torvo que amargaba sus facciones desapareció sin dejar huella: bajo el influjo de aquella luz fantasmal también él pareció un ser de fuera de este mundo.
—Perteneció al fuselaje de la nave alienígena que se estrelló en Roswell; por lo menos, eso fue lo que dijo el pícaro que me lo vendió —explicó, impostando la voz, en la que resaltaba un afilado matiz irónico—. Supongo que habrá oído mencionar el incidente de Roswell... —continuó, elevando la ceja izquierda un centímetro exacto sobre su posición habitual.
Ariane se quedó en blanco: Roswell, Roswell...
Una sonrisa maquiavélica arqueó los labios de Lippershey, quien se paseó hasta su butaca con solemnidad y petulancia. Invitó a Ariane a tomar asiento.
—Hum, tengo la ligera sospecha de que no está muy versada en el tema ovni –observó, mientras extendía, sus grandes y peludas manos sobre un cartapacio negro.
Un imprevisto timbrazo le evitó a Ariane el bochorno de tener que admitir lo fundado de tales sospechas.
—¡Oh, vaya! Discúlpeme un momento —dijo Lippershey, al tiempo que levantaba el auricular del teléfono inalámbrico. Al escuchar la voz que sonaba al otro lado frunció el ceño; “Un minuto”, le susurró al misterioso interlocutor —Luego, dirigiéndose a su visita, mientras tapaba el micrófono con la mano, dijo—: Vamos a tener que interrumpir nuestra deliciosa conversación sobre los marcianos, En fin, en cuanto arregle un asuntillo la atenderé.
El profesor Lippershey salió de la biblioteca con el teléfono en la mano para conversar más privadamente con Marta Delmont, la directora del Departamento de Psicopatología de la Universidad Central de Arberia.
—Llevo toda la mañana intentando ponerme en contacto contigo, ¿por qué no contestabas al teléfono? Menos mal que te encuentro por fin —le dijo ella.
—Salí a dar una vuelta en bicicleta —mintió el caballero, quien, en realidad había estado retozando con su compañera sentimental, deseosa de llevarse un buen recuerdo de él antes de irse a unas vacaciones en Suiza.
—Pues te llamé un montón de veces. ¡Me parecía tan raro que no estuvieras en casa! Hasta llegué a creer que te había sucedido una desgracia...
“Casi, casi, ni te lo imaginas...”, pensó él, frotándose los riñones, aún resentidos.
—Y, ¿puede saberse a qué obedece esta urgencia? ¿No podías contármelo pasado mañana en la Facultad?
—Sergio ha sufrido un accidente, y no puede volver a Barglava —informó la mujer—. Asegura que la investigación es demasiado importante para dejarla a medias. En realidad, es tan inútil como el resto de las que lleváis a cabo en la Sección de Parapsicología. Me ha pedido que le busque un sustituto mientras esté imposibilitado. Y, amigo, sintiéndolo mucho, tú eres el único que está disponible... No te preocupes; sólo debes ir allí y entrevistar a unas cuantas personas cuyos nombres ya te indicaré...
—¿Ir yo? —exclamó Sir Alex—. ¿Quieres que me presente en ese pueblucho para hacer un trabajo de subalterno? No entra en mis competencias como emérito. ¡Ni pensarlo! Para colmo, desde que hice campaña contra la alimentación carnívora esos palurdos no me pueden ver ni en pintura...
—Oh, Alexander. ¡No digas tonterías! Eso, ¿cuándo fue? ¿Hace veinte años? ¡Van a acordarse después de tanto tiempo!
—Se acuerdan, te lo digo yo, que hace dos meses recibí una carta amenazadora de...
—No me discutas: una orden es una orden. Ay, ¡qué desgracia me cayó encima cuando nos adjudicaron la Sección de Parapsicología!
—Vamos, Martita; esos zafios campesinos me sacarán los ojos en cuanto me vean. Y, ¿qué es eso de que Adamski ha sufrido un percance? ¡Mentiras, mentiras! El Monstruo es suyo, que se las arregle... ¿No dijo él que quería ocuparse de esta oleada?
—Sergio se torció un pie, si tanto te interesa saber la causa de su baja. Y ahora, nada más que hablar: obedece y punto.
—Mañana tengo el curso monográfico de Técnicas de redacción de informes OVNI. No pretenderás que deje plantados a los dos alumnos que se han apuntado... —insistió él.
—¡Basta ya de excusas! —bramó Marta Delmont—. Mañana te quiero ver en Barglava. Y la semana que viene, sin falta, el informe completo estará encima de la mesa de Sergio Adamski ¿Entendido? Haz el favor de recoger la documentación que te envío por fax...
¡Vaya con la doctora: gritarle a él, con la cantidad de momentos de placer que le había dado en los últimos treinta años! ¡Eso si era ingratitud de la buena! No le cabía duda de que le confería aquel encargo odioso para vengarse porque no había querido acompañarla a la fiesta de apertura del curso universitario. ¡Mujeres! No piensan ni actúan con lógica.
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2 comentarios:
Hay dos párrafos (de una sola línea) a los que les falta la sangría.
jeje, como se nota que copio y pego y luego ni lo vuelvo a mirar....
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