La cuarta y última novela de la serie, por el momento,y también la más corta (370 páginas, más o menos), menos compleja y con una estructura un poco diferente a las anteriores. Consta de dos partes, una de introducción de las tramas y presentación de personajes, y una segunda, de acción total in crescendo, que sucede a lo largo de unas pocas horas en un mismo día.
Descarga novela
Comenta la novela en este cuestionario.
Sergio Adamski acercó su larga y afilada nariz al aparato que, con ayuda de Evan Lippershey y su abuelo el profesor Sir Alex Lippershey, había construido y perfeccionado durante meses. Se trataba de una mejora del “Europuente de señales”, del “GA-1” y del “Puente de Burton”, instrumentos cuya incuestionable utilidad era la de comunicarse con otros planos de realidad, habitados por seres espirituales.
Hacía ya bastantes años que el matrimonio luxemburgués formado por Maggy y Jules Harsch Firschbach recibía mensajes del “otro lado” a través de la tecnología punta del cosmos: la científica fallecida Swejen Salter, famosa en su casa, es decir, en el planeta presumiblemente extrasolar Varid, era una de las inspiradoras de la pareja en el desarrollo de tales electrodomésticos para el enlace entre mundos. Aunque Sir Alex ponía en duda el interés de la señorita Salter de Varid por contactar con los luxemburgueses (“un pueblo notablemente aburrido y sin relieve”) y mucho más la pretensión de estos últimos de haber conocido a través de la “radio” y la “TV” a personalidades como Sir Richard Burton, Einstein y Julio Verne (que “vivía” en un palacio de inspiración hindú en un idílico paisaje del Otro Barrio), se había prestado de buena gana al proyecto de su colega, el Doctor Adamski, más que nada para evitarle otra depresión.
Los Firschbach y sus émulos habían “descubierto” un nuevo mundo gracias a los avances en tecnología de Transcomunicación Instrumental. Al parecer, tras la muerte los humanos renacen en un lugar poblado de paisajes de una hermosura sin parangón, de naturaleza semi-material. Allí los difuntos disfrutan de lo mejor de la materia (sexo, comida, no hay enfermedades, los miembros amputados se regeneran, las mujeres no se quedan embarazadas…etc.) y lo mejor de lo espiritual (todos son amiguitos, el arte recrea los sentidos, etc.). El paraíso, situado en coordenadas espacio temporales diferentes de las por nosotros ocupadas, recibe el nombre de Marduk, como el dios babilónico. Para animar la fiesta, en Marduk también resucitan seres de otros planetas. Y hay billones de invitados, algunos llegados cuando la guerra del Golfo, otros cuando la primera guerra troglodita. Algunos, incluso, cosecha de la última incursión de los lores del Sith, hace mucho tiempo en una galaxia muy, muy lejana...
Sergio Adamski era un fiel admirador de los Firschbach. Cuanto más descabellada fuera la teoría, mayor era la devoción que le profesaba a su creador. Y había que reconocer que aquellos tipos habían alcanzado cotas difícilmente superables en cuanto a fantasía. Aunque Sir Alex había hecho notar a su colega las extraordinarias coincidencias entre ese Marduk, situado en el tercer plano de la materia, y el mundo descrito por el novelista de ciencia-ficción Philip José Farmer en “El mundo del río”, donde igualmente las almas resurgían y se agrupaban por afinidades y nacionalidades en torno a un gigantesco río que lo circundaba, Sergio creía a pie juntillas en los experimentos de los luxemburgueses. “Es obvio que Farmer fue inspirado por las criaturas espirituales de Marduk; de ahí, las similitudes con su novela”, se defendía el iluso parapsicólogo, inalterable ante la ceja elevada de Sir Alex, quien, naturalmente, estaba cien por cien seguro de que las “conclusiones” del matrimonio no eran más que una patraña y un plagio descarado del libro.
El caso es que probar el aparato, bautizado como “Transmundano” por el profesor Adamski, era en esos momentos la prioridad del Instituto Philip Dreyeris de Investigaciones Parapsicológicas, fundado tres años atrás por ambos. Lippershey, experto en Transcomunicación, y su nieto Evan, ingeniero informático, ponían el toque sensato (ejem) al experimento, del cual, al menos el primero, no esperaba gran cosa: si acaso la irrupción de algún espíritu burlón que lo llamara “cabrón” o similares, tras anunciarle su muerte en trágicas circunstancias. Sir Alex no caía nada bien a los espíritus. Desde que empezara a trabajar con la oui-ja o la invocación de entes, se había granjeado muchas enemistades en el mundo sutil. Los muertos se quejaban de que los trataba con desprecio y con cierto complejo de superioridad, lo cual entra dentro de lo posible: así era como trataba también a los vivos. El descubrimiento de las lamias y de sus triquiñuelas para reproducir fenómenos paranormales y manipular las mentes humanas le hacían dudar aún más de las buenas intenciones de los seres que presumiblemente no tenían carne.
Las primeras pruebas del experimento habían deparado extensas grabaciones tanto en audio como en vídeo. En una de ellas, la mismísima Swejen Salter, la científica extraterrestre, les echaba una bronca de varios minutos por molestarla mientras se depilaba un tentáculo. En realidad, la señorita Salter tenía un contrato en exclusiva con los Firschbach que le impedía impartir revelaciones a otros humanos. Más amable se mostró, para espanto de Sergio, el guía espiritual de Ganímedes Asthar Sherán[1], que cuando no hablaba en el tono pomposo que mejor cuadra a un ser de luz de los planos superiores, mantenía una charla distendida y amena: anotaron que su favorito para ganar el Mundial de Fútbol 2006 era Alemania y que asistiría a la boda de Nicole Kidman y Keith Urban, aún sin ser invitado, ya que era un gran fan de la actriz australiana. Sir Alex estaba convencido de que Sergio “impregnaba” con sus delirios y paranoias las comunicaciones, y que éstas carecían de valor, exceptuando su indudable gracia. La prueba residía en que, en otras ocasiones, cuando Sergio no estaba presente, los contactos eran mucho más serios.
En los archivos del Instituto había almacenadas decenas de fotografías de paisajes del otro mundo, que (aunque a duras penas) permitían vislumbrar, tras la nieve electromagnética, castillos, mansiones de altas torres, montañas elevadas y bien quebradas, y los meandros del famoso río… Que la práctica encajara tan bien en la teoría era demostración, según Sir Alex, de lo dudoso de la teoría y de lo mucho más dudoso de la realidad de ese mundo de los espíritus.
Sergio, por el contrario, tenía la certeza de que habían marcado un hito en la historia de la Parapsicología. Basándose en las informaciones de los diálogos con los “espíritus”, y añadiendo un poco de su propia cosecha, como “ilación” y “relleno”, había construido un mundo casi tan detallado y fantasioso como el de los Firschbach.
Todo había empezado un mes atrás, a raíz de una grabación en la cual un personaje que se identificaba como Arghania Shaltan había cambiado las tornas del procedimiento. Normalmente, son los humanos investigadores de fenómenos paranormales los que molestan a los entes con sus preguntas impertinentes, y tratan de sonsacar a los espíritus, quienes, en uso de su residuo de inteligencia, se van por las ramas y optan por asustar con premoniciones letales o bien por burlarse del investigador. Pero aquel día fue la tal Arghania Shaltan la que empezó a tirar de la lengua al señor Adamski. Se interesó por el mundo que habitamos, por los sistemas políticos, el número de pobladores, la naturaleza de nuestra raza… En un principio, Sergio, al ser interpelado por su nombre y apellidos por la criatura del otro lado sufrió un ataque de nervios. El accidente, empero, lo apartó del experimento solo un par de días, el tiempo justo que necesitó para convencerse de lo mucho que ganaría si explotaba ese filón, previa derrota de sus pulsiones autoconservativas, que Sir Alex llamaba pura y llanamente, cobardía. “Un poco de sentido común. Nunca hay que hacer caso de lo que dicen las voces, y mucho menos si estas demuestran conocerte…”, avisaba el inglés para poner un poco de orden.
Pero las voces, acompañadas por registros de imagen (una máscara plateada con ojos negros y profundos, sobre el fondo de un castillo difuminado por la neblina), continuaron con su interrogatorio a lo largo de los días. El alcance de su curiosidad sobrepasaba todo lo conocido por ellos. Si uno ha finado en la tierra ya sabe que no somos gran cosa, y si es extraterrestre, se le supone mayor evolución en todos los sentidos. ¿Para que interesarse por una raza estúpida e inferior como la nuestra?
De mala gana, la criatura también soltaba noticias referidas a su pueblo, aunque incurriendo en alguna contradicción, notada por Sir Alex, y que éste esgrimía como prueba de la escasa fiabilidad de la interlocutora principal y de los espíritus de su corte.
Echemos un vistazo a los apuntes del doctor Adamski acerca del mundo con el que había contactado:
“Cuando le pregunto a Arghania Shaltan si ha estado en Marduk, contesta que sí, que pasa allí muchas temporadas con las almas renacidas de la tierra, que son sus favoritas, ya que desde hace años le fascinan nuestras culturas y costumbres variadas…
Hace varias décadas decidió construir emisoras de transmisión de ondas mentales con el propósito de entrar en contacto con nosotros, como parte de un plan cósmico, cuyo fin es hacernos ascender desde el primer plano de la materia al segundo al menos. Ella se encuentra en el cuarto o quinto plano, y le da mucha pena vernos tan abajo, con el potencial que tenemos. Afirma que gastamos muchas energías en las guerras y masacres, aunque por otro lado, eso hace que le llegue más gente a la que, antes de acomodar según la evolución de su alma en alguna de las regiones del planeta, interroga convenientemente. Pero allí todo es amor y no hay ni guerras ni crímenes ni nada, y lo repite con cierta regularidad (“Sí, es muy pesada con eso”, comentario de Sir Alex)
¿Será una lamia disfrazada que desea tomarnos el pelo o habremos hecho historia al establecer el primer contacto con una inteligencia extraterrestre?”
“Tú, por si acaso no le des mucha charla…”, había advertido Sir Alex, que temía tanto por la seguridad de sus allegados como por la salud mental de su colega, demasiado abstraído en el experimento, tanto que solía abandonar las instalaciones del Instituto Philip Dreyeris a altas horas de la noche, e incluso de la madrugada.















0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada