Es la tercera parte de Regina Irae, y para mi gusto, la mejor de la serie. Al menos a mí me costó mucho escribirla, sobre todo por la cantida de tramas y subtramas que tiene, y por el hecho de que la acción transcurre en varios mundos, en diferentes tiempos, y coordinar todo esto de forma más o menos coherente requiere un ejercicio de abstracción realmente notable. Tampoco se puede olvidar el hecho de que casi alcanza las 1000 páginas.En cuanto a los personajes, repiten casi todos los "clásicos" de la serie, aunque Evan y Sergio Adamski adquieren un gran protagonismo. También Cristina y Amelia D'Armani y sus intrigas nobiliarias.
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CAPÍTULO 1
Evan Lippershey ponía a punto la máquina de generación aleatoria de cartas Zener, destinada a la experimentación de los poderes psi, cuando el doctor Sergio Adamski entró en el laboratorio del Instituto Philip Dreyeris de Investigaciones Parapsicológicas, arrastrando los pies y con la cabeza descolgada sobre el pecho, dejando pañuelos de papel humedecidos por el camino.
El hombre se dejó caer sobre una silla; luego, tras clavar los codos en la mesa, se sujetó la cabeza, introduciendo los dedos entre sus rizos dorados.
-Pero, ¿qué te pasa? -preguntó el joven, inquieto por el cuadro dramático que formaba, mucho más exagerado que en otras ocasiones.
Sergio lanzó un suspiro.
-Es por Ariane... -explicó, atragantado, sollozando hasta casi quedarse sin voz-. No puedo olvidarla. Cada vez que la veo me siento morir. -Levantó los enrojecidos y miopes ojos hacia la fotografía que presidía el laboratorio, justo en la pared de enfrente. En ella posaban, con gesto sonriente, los socios y profesores del Instituto Philip Dreyeris: el doctor Sir Alex Lippershey (fundador), su nieto Evan, el mismo doctor Adamski, los docentes contratados Erika Lorenzini, Astor Vensinus y Cristian Guajardo, y la esposa de Sir Alex, Ariane Lavalle. Sergio se recreó en la figura cuyo recuerdo y contemplación tanto lo atormentaban, en la dulzura mediterránea de sus rasgos, en los hoyuelos de sus mejillas, más acentuados al reír, en su cabello teñido de castaño, en sus pechos abundantes, en sus formas voluptuosas y amplias... ¡Si hasta parecía que se salía del cuadro! Demasiado hermosa y material para no herir la vista. Volvió a hundir la cabeza entre los brazos.
Evan, conmovido, le apretó el hombro.
-Venga. Dentro de un rato tienes que dar una clase. No querrás que los alumnos te vean así.
El parapsicólogo de rostro aguileño, élfico, como le decía Sir Alex, cuando no quería ofender demasiado (normalmente, quería ofender bastante), negó con la cabeza.
-Me voy a mi casa. Estoy a punto de desvanecerme... Tengo que ir a ver a mi psicóloga y a mi coach[1].
-Pero, Sergio, no puedes irte así por las buenas. Como mi abuelo se entere... -Evan cambió de tono-. Está bien. Yo te sustituiré. Pero él se va a enfadar, ya lo verás...
Escucharon pasos detrás de la puerta, largos, secos, firmes. A ambos se les pusieron los vellos de punta. Sólo un hombre al sur del Rhin pisaba de aquella manera.
De pronto, apareció en el quicio la figura altísima y tenebrosa de Sir Alex. El veterano doctor Lippershey entró en el laboratorio con aire marcial, la barbilla en alto, y el flequillo un poco alborotado. Se atusó las guías de su bigotón, de un color casi tan oscuro como el de las pobladas cejas, en contraste con la plata que coloreaba su cabello; se sacó los lentes de montura metálica para limpiarlos con un pañuelo.
-Hola, muchachos –dijo, con voz cavernosa pero armónica, tras calarse de nuevo las gafas-. ¿Todavía no llegó Ariane?
Al escuchar ese nombre, Sergio sintió como si le clavaran varios alfileres en el corazón. Trató de contener otro acceso de llanto, pero su rostro estaba demasiado patinado por las lágrimas antiguas como para que Sir Alex no se apercibiera. Esbozó una sonrisa cruel.
-¡Vaya facha! -dijo, tomando asiento junto a Sergio, sin dejar de clavarle ni un segundo su mirada perforadora, fingiendo sorpresa y ocultando el sarcasmo.
-Estoy enfermo. No puedo trabajar. Me voy a mi casa... -suspiró el colega atribulado, sin atreverse siquiera a mirarle a la cara.
-¿Enfermo? ¿De qué? -inquirió el profesor Lippershey, elevando las cejas y el timbre con exageración.
-Déjale en paz. Yo le sustituyo -terció Evan-. No hay problema.
-Sergio. No me seas blandengue -riñó Sir Alex, moviendo un dedo largo y amenazante delante de su cara-. Esta última semana has estado imposible con tu absurda astenia. Tienes obligaciones...
-Abuelo, por favor... -insistió, o más bien suplicó, el joven Lippershey.
De mala gana, Sir Alex se resignó.
-Esta vez te lo pasaré por alto, pero que no vuelva a suceder...
Luego hundió aún más sus ojos en el cuerpo de Sergio, quien se estremeció al sentirlo.
-Evan, ¿puedes dejarnos solos un momento? -dijo, imperativo.
Aunque no le hacía gracia dejar a Adamski sin abogado ante el peligro que suponía la venenosa lengua de Sir Alex Lippershey, el muchacho tomó la puerta. En cuanto ésta avisó de su clausura con un sonoro blam, Alexander agarró a Sergio y lo zarandeó con violencia.
-Pero bueno, ¡arriba ese ánimo! Pareces un moribundo... No quiero caras largas en mi Academia, sino energía, felicidad y buen humor. ¿Cómo crees que se puede llegar a los setenta y pico sin una dosis elevada de esos tres ingredientes? Que apenas has pasado de los cincuenta, hombre; que te queda mucho camino, y no la parte más fácil precisamente.
-Ariane nunca me hará caso... -dijo Sergio, con todo descaro, teniendo en cuenta que hablaba de la esposa de su interlocutor.
-Debes seguir intentándolo. Poco a poco ella irá cediendo...
-Si te murieras, lo tendría un poco más fácil...
-Ya, pero de momento, no me apetece doblar la servilleta. Así que paciencia.
-Pero por otro lado me siento culpable de desearte la muerte, ya que te quiero mucho...
-Qué dilema -se burló el inglés.
-No lo sabes tú bien.
Sergio estaba enamorado de la mujer de su jefe lo cual, sin duda, era una incómoda piedra en su zapato y en el del objeto de sus deseos. No tanto en el del supuesto ofendido, que disfrutaba viéndole sufrir mucho más que jugando el golf o al scrabble. Para Sir Alex, que padecía una congénita incapacidad para la empatía, el caso resultaba de lo más divertido. Pinchaba a su colega y lo animaba a perseverar en la conquista de la prenda, sin detenerse a considerar los efectos que tal afición pudiera tener sobre la naturaleza lábil de los corazones ajenos. Sir Alex despreciaba a los románticos; le daban risa. No entendía sus tribulaciones y sus noches de insomnio. Se congratulaba de no ser así, ya que eso lo libraba de mostrar el patético aspecto que ofrecía el señor Adamski. Sabía que éste se había acostado en una ocasión con su esposa, aunque en circunstancias extremas, cuando ambos pensaban que pasarían a mejor vida, durante su última aventura en la Atlántida[2]. Lo que para él no representaba más que un trozo de carne metiéndose dentro de otro (acto físico tan, tan insignificante aunque el trozo de carne número dos atesorara deliciosos dones), a Sergio le había causado herida. Siempre había sido enamoradizo, pero jamás había experimentado semejante sensación de carencia, de ser globo sin aire, lo cual le hacía no ser ni siquiera globo. Cuando estaba con ella le latía el corazón a mil por hora; cuando no, le dolía, como al afecto de una angina de pecho. Casi se le había olvidado que siempre le habían gustado más los hombres, en especial los jovencitos. Ariane era distinta: le había dado cariño y comprensión. Ningún hombre le daría eso, por muy bueno y guapo que fuera; quizás sí Evan, que era de corazón grande, pero adolecía del incurable defecto de ser estrictamente heterosexual.
-Necesito un día para pensar y descansar. Mañana estaré mejor: te lo prometo -susurró el doctor Adamski, arrastrando las palabras.
-Bueno, no digo nada. Pero me parece que te comportas como un idiota. Has sacado de quicio algo que tendría que ser placentero y divertido, y lo has convertido en una especie de tragedia...
-¿Cómo puede ser divertido sufrir porque no te quieren?
-No me refiero a eso, tarambana -dijo Sir Alex, con tono desesperado-. Le das demasiada importancia al amor, cuando lo que de verdad importa es el Amor. -Pronunció esta última palabra con voz profunda, alargando las sílabas-. Hay que ser muy tonto para no ver la diferencia. Como creo que es el caso, viene al pelo una explicación: El Amor es cariño, afecto, amistad, ayudar al prójimo; el amor es pegarse un revolcón con alguien que te atrae físicamente o a veces ni eso. El Amor es indestructible; el amor tiene fecha de caducidad: está en la neuroquímica. Tu problema es que no disfrutas del concepto mayúsculo. Te empecinas en conseguir el que carece de trascendencia. ¿No te divierte coquetear con mi mujer? Pues entonces, ¿por qué lo haces? Ahí es donde quiero ir a parar. Yo jamás hago cosas que me disgusten. Soy un epicúreo convencido: apartar el dolor y buscar el placer es el lema de mi vida. Jugar; pasárselo bien; no tomar nada en serio. ¿No te das cuenta de que eres esclavo de unas cuantas hormonas y neurotransmisores fuera de control? ¿No te lo ha dicho tu famosa psicóloga freudiana? -musitó, con desprecio y guasa-. Claro que no. Ella quiere que seas débil y sin voluntad: así te saca el dinero más fácilmente.
En lugar de subirle la moral, tal y como se suponía que debía obrar el discurso, cada una de las palabras que lo componían caían en la cabeza de Sergio como martillazos. Sermones como aquel le hacían pensar que su colega venía de fábrica sin algún componente importante, como el corazón por ejemplo: Sir Alex parecía no entender nunca nada.
-Tienes que distraerte con algo, leer... No es bueno estar tan pendiente de uno mismo.
-Pero si ya leo -dijo Sergio; sacó de su maletín un ejemplar de “Ampliación del campo de batalla” del autor francés Houellebecq.
Sir Alex se ajustó los anteojos. Tomó el libro y le echó un vistazo.
-¿De qué va esto?
-Un tipo está hastiado de la vida. Tiene un amigo que es feo y que nunca liga: las mujeres lo desprecian. Se acerca a las chicas en las discotecas; ellas se burlan. El primer tipo se quiere cortar el pene con una tijera. Está muy deprimido. Todo le parece un asco. Ha llegado a la conclusión de que el sexo forma parte de los mismos procesos capitalistas: unos acaparan a la mayor parte de las mujeres, mientras que a otros no les queda nada.
Desde que Sergio había leído “Las partículas elementales” se había aficionado a Houellebecq y a sus deprimentes argumentos de hombres al límite, agobiados por la existencia, sumidos en una perpetua insatisfacción, buscando con avidez el sexo por el sexo o, por el contrario, rechazándolo por falta de ganas. Se sentía muy identificado con los personajes más infelices e inmorales que poblaban unas novelas ya de por sí abundantes en personajes de esa índole. A Sir Alex, por el contrario, le producía repugnancia lo que escuchaba sobre tal escritor y sus obras. Nada más lejos de su forma de entender la vida.
No le dejó continuar.
-Vaya basura -dijo, arrojando el libro lejos-. Cortarse el pene con una tijera, ¿qué clase de literatura es esa? La Decadencia de Occidente -gruñó-. Algo malo le pasa a esta sociedad cuando a alguien se le ocurre semejante abominación. Y es que hoy en día se toma el sexo con demasiada seriedad. El sexo no es un problema; ellos lo convierten en tal. Si lo vieran como un juego en lugar de cómo una forma de poder... Porque eso es lo que dice el Houellebecq ese, ¿no? Igual que el capitalismo, ¿eh? Así que unos acaparan y a otros no les queda nada... Estupideces. No se tiene sexo, se es sexo. Todos somos sexo. ¿Entiendes? Como te vea leyendo más imbecilidades de esas...
Lippershey continuó echando palabras por la boca durante un rato bastante largo. Sabía que era una pérdida de saliva. Sergio sabía que era una pérdida de tiempo. No obstante, el uno no se cortó la lengua y el otro aguantó estoicamente. Después de escuchar los últimos consejos de su camarada, que por cierto, siempre había tenido todas las mujeres que había querido y más, e incluso en su vejez era capaz de descalabrar algún que otro corazón, Sergio lanzó un prolongado suspiro que robó casi todo el aire disponible en el laboratorio.
Agarró su maletín y se despidió. Sir Alex lo vio marchar con la cabeza entre los hombros. Nada más la figura afligida cruzó la puerta, una sonrisa de oreja a oreja se dibujó en sus labios de burlón incurable.
*****
Sergio llegó a su apartamento del centro de Calibánn con la angustia plantada en el pecho, bien regada por las circunstancias. Lo que para unos era motivo de contento, para él era agonía en estado puro. Nadie lo esperaba allí. No sonaron risas infantiles ni las regañinas de una mujer dominante armada con el rodillo de amasar; ni siquiera los chillidos histéricos de un hombre celoso pidiéndole cuentas de ese pelo negro en la solapa de la chaqueta. ¿Es posible que alguien eche de menos estas cosas?
Se sentó junto al teléfono, como de costumbre, a la espera de que alguien lo llamara. A veces el editor de sus libros sobre ciencias fronterizas, definición más piadosa que pseudociencias, lo telefoneaba para informarle de lo bien que iban las ventas y de las críticas negativas de los recensores; a Sergio sólo le importaba lo primero. Otras veces era algún vidente deseoso de patrocinio al que daba charla por no volver a escuchar el silencio. Desde su sofá veía el anaquel donde permanecían sus obras completas. Le reconfortó pensar que en cincuenta y dos años había creado por lo menos algo que era para él motivo de orgullo y satisfacción. Después de varias horas con los ojos inmóviles en los cantos de sus libros, sintió una oleada de energía de sabor ácido en el espinazo. Tomó el teléfono; llamó a su coach Ernest Stein. Tuvo que marcar varias veces hasta localizarlo.
-Por favor, necesito que hablemos -le suplicó, nada más escuchar su escarpado acento extranjero.
-Señor Adamski, ¿es usted? Me llama en muy mal momento...
-Oiga. No puede esperar: es un caso de vida o muerte...
-¿Qué ocurre?
-Quiero que me diga algo que me ayude de verdad...
-Pero hombre -dijo, entre risas, el coach-. Yo siempre procuro decirle cosas que le ayuden... Pero lo que sirve es que usted se ayude a sí mismo. A ver, ¿ha hecho la lista de actuaciones y proyectos vitales que le ordené?
-Sí...
-¿Y cuál es el proyecto principal que tiene en perspectiva, el que más urge?
-Que Ariane me quiera...
-Ella le quiere. Usted me lo dijo.
-Pero no como yo quiero que me quiera...
-Examínese: ¿qué ha hecho para culminar con éxito el proyecto?
-Le aconsejé que fuera a un psicólogo para que le curara el miedo a las enfermedades de la piel -explicó Sergio, afecto de un herpes zóster recidivante, que le daba bastante asco a la señora Lavalle.
-¿Y?
-Nada. Ni caso. Ahora, cuando estoy delante de ella no puedo ni hablar. Y yo siempre he sido muy atrevido...
-Tiene que sacar de dentro de usted sus mejores cualidades, sus puntos fuertes. Debe hacer una lista, y tratar de potenciar aquellas que le puedan ayudar a lograr su objetivo. Hagamos una enumeración preliminar...
-Pues soy muy cariñoso, extrovertido, ahorrador; me gusta la música folk y bailar; y la poesía.
-¿No puede ser más exhaustivo?
-Es que no creo que haya nada más...
-Siempre hay algo más. Esfuércese.
-No le dé más vueltas, la sensibilidad es mi mejor virtud.
-Escríbale una poesía, entonces. A ella le gustan los versos, ¿no?
-No creo que funcione.
-Está anticipando el fracaso. ¿No se da cuenta de que es usted mismo el que se pone trabas?
-Usted no la conoce. Simplemente soy realista.
-Deje de serlo. Su realismo es igual a pesimismo. Y esa es una antivirtud que dificulta el entrenamiento para el éxito.
-Quizás yo no nací para tener éxito.
-Pero sus libros se venden como rosquillas pese a no estar especialmente bien escritos -dijo el coach con un retintín que le sentó como un tiro al señor Adamski-. Y tiene mucho dinero en el banco. Ha hecho buenas inversiones con sus ahorros. Eso denota su olfato para los negocios especulativos. Tiene madera de triunfador.
-Si está insinuando que utilice mis cuentas corrientes para seducir a Ariane va por mal camino. Su marido es mucho más rico que yo. Eso no le impresiona.
-Quizás debería intentarlo con una mujer soltera... Una joven sin recursos. Son menos exigentes.
-Y las prostitutas aún lo son menos. Algunas sólo te piden 10 euros por un servicio completo -dijo el doctor Adamski, indignado.
-¿No me diga? Deme el teléfono de una de esas...
Sergio se quedó estupefacto.
-Vamos, hombre. ¿No ve que es una broma? Ponga en práctica las actuaciones que le he ordenado; el miércoles, como siempre, nos vemos en mi consulta. No se preocupe, ya me pagará entonces los 50 euros de la sesión de hoy.
-Pero, pero... ¿Ya me va a cortar?
-Es que tengo otro coachee[3] en el teléfono portátil... Sea positivo y triunfará. Hasta el miércoles.
El tipejo había colgado. Sergio se quedó de una pieza. ¿50 euros para eso? Sintió rubor. Sir Alex al menos tenía razón en una cosa: los terapeutas a los que confiaba su maltratado psiquismo eran un fraude y unos sacadineros. De inmediato concertó una cita con la psicóloga. Tenía que hablar con alguien.
Llegó a la consulta de la doctora Casia Linkeplatz a las cinco de la tarde. Cruzó la puerta con el abatimiento reflejado en el rostro. La doctora lo recibió sentada en su sillón, con la pierna cruzada y una libreta sobre la rodilla. Adamski tuvo el absurdo pensamiento de que no era un ser un humano sino un androide que permanecía en esa postura a todas horas, que jamás salía de allí, ni comía ni nada. De hecho, en su ceño de cuarentona hostil, seguía anclado el enfurruñamiento que recordaba de su última visita; su peinado era el mismo vulgar corte a lo garçon y llevaba idéntica ropa pasada de moda.
La doctora le ordenó que se tumbara en el diván sin dejar de observarlo de manera minuciosa. Cualquiera de sus movimientos podía evidenciar un conflicto con el superego. Le pidió en tono impersonal que le relatara sus sueños. Fue un poco deprimente; confesó que no recordaba los de las últimas noches. Ella dijo que en realidad sí los recordaba pero que su inconsciente los reprimía. Sergio asintió. Ella parecía tan sabia que no podía equivocarse en una cosa así. Volvió a pedirle que le explicara unos cuantos de sus traumas de infancia. Él narró, al límite del llanto, el descubrimiento de su bisexualidad y la lista completa de sus fracasos amorosos, tan larga como el ticket de las compras navideñas de una familia burguesa. Linkeplatz escuchaba sin inmutarse.
-¿Por qué desea a la mujer de su amigo? -le preguntó ella, de repente, a bocajarro, en tono agresivo, como si le estuviera insultando.
Sergio saltó sobre el diván.
-Es muy cariñosa y guapa...
-¿No cree que quizás se centra en conseguir algo que es imposible para poder luego tener una justificación a su fracaso?
-Yo...
-Señor Adamski. Usted dice ser bisexual. Y que está enamorado de esa mujer que no pude ser suya. Sabe que no la tendrá, y eso es lo que desea en el fondo. Se está engañando a sí mismo. Y a la vez trata de engañar a los demás. Es un homosexual reprimido.
-Entonces, ¿no la quiero? -inquirió, tímido, con sorpresa.
-No, es una coartada.
-Y soy homosexual...
-En efecto. Tiene que asumirlo antes de que sea demasiado tarde.
-Pues parece que la quiero y me siento como si la quisiera y la deseara.
-No es real. Sólo una fantasía.
-Y tampoco me siento homosexual. Ha habido algunas mujeres que me han gustado.
-Buscaba en esas mujeres el cariño que no le dio su madre. Usted estaba enamorado de ella. Admítalo, doctor Adamski; eso fue el origen de su homosexualidad. Como no podía obtenerla, empezó a odiarla, y por ende a todas las mujeres.
Sergio se sintió horrorizado. No es que fuera un dechado de moralidad, pero que le dijeran así de sopetón que era un incestuoso lo había dejado sin habla.
-Tiene que haber un error. Yo quiero a mi madre como todo el mundo...
-Eso es lo que usted cree -la mujer se levantó del sillón. ¡Ah, sabía usar las piernas! Se acercó a su archivador y extrajo una decena de folios. Tras consultar unas anotaciones, con mirada de bibliotecaria, ceñida al papel, dijo-: Aquí está: usted trató de buscar trato íntimo con sus hermanas, a las que veía como sustitutas de la madre, y fue rechazado.
-Si lo hice la verdad es que no lo recuerdo -musitó Sergio, desesperado.
-Claro que no. Lo ha reprimido. Pero aquí tengo apuntado cierto sueño erótico. No crea que a mí se me olvidan estas cosas tan fácilmente.
-Es verdad -admitió Sergio, destrozado-. Ya lo recuerdo. Una vez, cuando tenía dieciséis años soñé que mi hermana María Esther era mi novia y que nos tocábamos...
-En realidad se trata de un recuerdo que aflora en forma de sueño.
-Un recuerdo... Entonces, yo... y María... Oh, Dios... -sollozó el pobre Adamski.
La doctora parecía satisfecha. Regresó a su asiento con aire magistral.
-Esas experiencias traumáticas lo han convertido en homosexual. Ahora reflexionemos sobre Ariane. Ella se parece a su madre...
-No, no se parece en nada.
-No digo físicamente. Ariane representa para usted arquetipo de la maternidad, por eso le atrae. Y Lippershey es la vida imagen del padre castrador. Siempre lo regaña, lo humilla...
-Tiene razón... Tiene razón...
-Pero en el fondo a usted quien le gusta es él...
Sergio sufrió un escalofrío. La situación había dado un giro de 180 grados.
-Quiere decir que... Sir Alex...
-Sí, cuando usted era alumno suyo se sentía atraído por él.
-No... Bueno, yo le admiraba... Quería ser como él... Yo...
-En realidad quería acostarse con él. Una especie de perversión del complejo de Edipo que he estudiado en individuos que manifiestan una regresión a la fase anal.
-Dios mío.
-Y como desear a su mujer le resulta más aceptable ha proyectado su libido hacia ella.
-¿Cómo he podido no darme cuenta?
-Porque aunque usted presuma de ser de mente abierta y sexualmente desinhibido, su verdadero ser es el de un homófobo. Odia a los gays. Se odia a sí mismo.
-Odio a los gays... -tembló el caballero cada vez más disminuido, atónito ante las revelaciones, mordiendo la solapa de su chaqueta de cuadros rojos y azules.
Sergio abandonó la consulta de la doctora Linkeplatz antes de que ésta llegara a la conclusión de que era un psicópata y un asesino múltiple debido a su amor no correspondido hacia la madre. Linkeplatz era capaz de interpretaciones mucho más rebuscadas. Sus libros, centrados en la aparición de iconos sexuales en la publicidad, la descubrían como mujer de viva imaginación y perspicaz vista. Nadie más que ella había revelado la existencia de una mujer desnuda en el interior de un cubito de hielo (no diremos la marca de whisky que se fundía on the rocks con el hielo sospechoso). Evidentemente, en el otro cubito había un pene, y si se miraba la foto con cierto grado de rotación (que tampoco diremos para que no nos llamen corruptores de la sociedad y de las miradas castas) ambos dibujos ocultos interactuaban de manera inequívoca.
Sergio se sentía fatal. Antes sólo era un hombre triste porque la mujer que amaba no le hacía caso. Ahora era un individuo de la peor calaña, que odiaba a los homosexuales, se había acostado con su hermana, deseaba hacerlo con su madre y encima estaba enamorado de Lippershey. Y todo eso sin saberlo.
No sabía qué hacer. En esas circunstancias regresar a su apartamento se le hacía imposible. Volvió a recurrir al teléfono. Su amiga la vidente Lady Serena no contestaba. Dos tipos agarrados de la mano pasaron a su lado. Los miró con asco: ¡era verdad, odiaba a los maricones!
Durante horas dio vueltas por el centro de la ciudad hasta que se hizo de noche. Por mucho que se sacudía la cabeza, le resultaba imposible borrar las palabras de la doctora Linkeplatz, que encima le había cobrado 60 euros por hacerle la pascua. Como un zombi caminó hasta llegar a las lindes del degenerado Distrito 6. No cabía duda de que su inconsciente era perverso: le había llevado hasta el lugar donde moraban Lippershey y Ariane, en su preciosa y burguesa mansión victoriana. Se subió las solapas de la chaqueta, mientras sorteaba al lumpenproletariado que se movía en silencio en las calles de la zona bajo la luz de la luna casi llena.
Una mujer con la carne de gallina y bastante ligera de ropa, de las muchas que llenaban la Plaza Comendatori con sus vaharadas y castañeteos de dientes, se le acercó.
-¿Te vienes conmigo, muñeco? -le dijo, con voz temblorosa por el frío.
Sergio la miró con desafección.
-¿Cuánto cobras por una noche entera?
Ella se quedó desconcertada. Luego, a bote pronto dijo:
-¿50 euros te parece bien?
Estupendo. Era igual de caro que el coach y más barato que la psicóloga, pero durante más tiempo y diez mil veces más placentero. Asintió.
Fueron a una pensión espantosa, en la que no había nada limpio. La cama era lo peor. En el edredón hacían bulto algunos muelles reventados que la convertían en un remedo de lecho de entrenamiento para faquires. No era la primera vez que Sergio pagaba por recibir servicios sexuales, pero si la primera en que tenía la impresión de entrar en un mundo sórdido, más semejante a la antesala del infierno que a un lugar digno de ser habitado por personas.
Ella no parecía ser muy experta en las disciplinas de Venus. Se desvistió sin gracia, aflojando una faja, que a su vez aflojó un vientre no precisamente liso. Tendría unos cuarenta años y más pinta de ama de casa muy necesitada de ropa para los niños que de mujer de la vida.
-¿No te vienes? -le dijo, una vez aposentada en postura de recepción sobre el colchón abombado, al ver que él la miraba sin desvestirse.
Entonces, Sergio reaccionó. Se acostó a su lado; trató de abrazarla. Todo su cuerpo parecía muerto e insensibilizado. Se echó a llorar.
La mujer, sorprendida, sintió una gran incomodidad. Luego, se interesó por los pesares de su cliente, que no hacía más que disculparse y decir que quería hablar. Y vaya si hablaron. Toda la noche. Sergio no dejó ni un detalle de su vida en el tintero. Al final la mujer se sintió aliviada de sus propias penas al juzgarlas livianas en comparación con las de aquel tipo. Acabaron los dos recibiendo el nuevo día como un par de plañideras.
-Lo que a ti te pasa es que tienes una depresión -le susurró ella, secándose las lágrimas-. Hay pastillas para eso. Lo sé por experiencia. No todo se puede vencer con voluntad. Que no te engañen. Eso de tu madre y de tu hermana es una estupidez.
-¿Tú crees?
-Claro. Quieres a quien quieres y ya está. No hay porque buscarle tres pies al gato.
-Sí. Pero la doctora Linkeplatz dice...
-Es una farsante.
La firmeza con que la mujer afirmaba la falta de autoridad de la doctora (no había leído sus libros, por supuesto), animó a Sergio.
-Tu amigo te dijo algo que es muy cierto: no hay que darle tanta importancia a las cosas del corazón. Lo primero es la salud, y la tuya peligra. Debes cuidarte o acabarás muy mal -continuó la mujer.
-Gracias -musitó él, a falta de algo más lógico que añadir.
Sergio se despidió de la prostituta con un aspecto deplorable: los ojos enrojecidos y las ojeras marcadas de tal manera que ni siquiera la madre portadora de la perversa vagina que deseaba absorberlo impropiamente hacia su útero, lo hubiera reconocido. En lugar de irse para su casa, corrió hacia la de la doctora Linkeplatz, que le abrió la puerta con una insólita cara de desconcierto. No eran horas para visitas.
-Doctor Adamski, no teníamos cita hasta la semana que viene... -dijo, con frialdad, sin dejar de repasar la dejadez de su aspecto y sus ojos irritados, que la miraban con un sentimiento muy similar al odio.
-Me da igual. Tengo que decirle cuatro cosas.
En la misma puerta, que ella no abría del todo, soltó Sergio todo lo que le había dicho la prostituta. La doctora Linkeplatz se sonreía con aire de suficiencia. Antes de que él terminara, dictaminó:
-Es obvio que usted necesitaba que le dijeran eso. Aunque lo más seguro es que esa mujer no sea real, sino una alucinación o un símbolo inconsciente. Usted no acepta el diagnóstico, no acepta lo que es. Su neurosis es cada vez más grave. Le daré cita para mañana.
-Pero es que no puede ser -protestó Sergio, otra vez confuso y destruido.
-Claro que puede ser. He visto cosas mucho peores. No puede engañarme la clase de sueños que tiene usted, con paraguas y pepinos y cosas por el estilo: son símbolos fálicos.
-Pues se equivoca, porque jamás he soñado con un pepino, sólo con penes. Así que si un pepino es un pene, un pene tiene que ser algo distinto -chilló fuera de sí el hombre, atrayendo la mirada de desaprobación de una vecina que en ese momento llegaba de su matutina carrerita por el parque. La doctora seguía sonriendo, como si pensara: 'Eso es lo que cree usted.'
Vencido y con cita para el día siguiente, Sergio volvió a vagar, dejando que fueran sus pies quienes decidieran por él cuál era el mejor sitio para perderse. Y esta vez lo llevaron al viaducto de San Martins, lugar predilecto de suicidas.
El puente pasaba veinte metros sobre la autopista de Milanovi. Se aferró a la barandilla. No había nadie en la calle. La mañana era melancólica y gris, ideal para autosuprimirse. Al mirar a la carretera sintió un pánico atroz: la vida era un asco, pero morirse era una opción que le daba bastante más miedo. Imagínate que vas cayendo y te arrepientes. ¿Y si no quedas bien muerto? Los automóviles te dejarán los huesos hechos papilla. Y eso duele tanto...
De pronto se percató de que había tocado fondo. Desde luego que tenía una depresión. Eso era todo. Una disfunción en los recovecos de su mente que se corregiría con un tratamiento químico. Su obsesión por Ariane, su tristeza por no tenerla, su dolor por la vida misma que pasaba ante sus ojos se debía a la traición de unos fluidos orgánicos un poco desordenados a los que había que disciplinar, tal y como hacía Lippershey con los suyos. Lo vio tan claro que apretó la barandilla de pura rabia. No quería morirse. Ni cortarse el pene. Tenía que vivir lo suficiente para publicar su nuevo libro. Se sintió súbitamente regenerado. Meneó la barandilla lleno de alegría. Demasiada, en verdad, porque en ese instante, el trozo de hierro viejo al que estaban enganchadas sus manos se separó del cemento. No había leído el cartel donde se avisaba del mal estado del puente y se prohibía el paso a los peatones. Ya era tarde. Se precipitó al abismo con la barandilla entre las manos, gritando ¿Por qué yo?
[1] Entrenador personal, nueva moda americana tan tonta e inservible como todas las demás.
[2] Ver Dominus Noctis. No te lo pierdas. Es un libro magnífico, descontando sus defectos. Buenísimo, menos cuando es malo. Si no lo lees no podrás saber lo de Sergio y Ariane, jajaja
[3] “Víctima” de los coachs.















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