Esta novela es la segunda parte o continuación de Regina Irae . La empecé a escribir en cuanto terminé la otra. En realidad, no se trata de una continuación estrictamente hablando. La historia es diferente, aunque repiten algunos de los personajes de la anterior. Tardé solo un año y medio en escribirla pese a que también es bastante voluminosa (unas 810 pp en su primera versión).
Según mi hermana, es más fácil de leer y más entretenida. He querido primar el elemento aventurero y fantástico, así como ahondar en la mitología de las Lamias o Grehri. Sigue habiendo mucho humor, pero tal vez, las partes serias son más serias y sombrías.
El profesor Lippershey tendrá que competir en este libro con su nieto, venido de Londres, ex profeso para amargarle la existencia, además de enfrentarse con una asociación que está en contra de parapsicólogos y similares (a los que ellos llaman despectivamente 'magufos') Ariane, que se casó con él, también aparece en la obra. E igualmente el desafortunado doctor Adamski, a quien, como es lógico, le siguen pasando cosas malas.
Entre los nuevos personajes destaca Ferdinand de Maistre, miembro de la secta u orden de los Despiertos, organización que desde el inicio de los tiempos se dedica a combatir a las lamias y a sus aliados, los Soñadores. Quizás mi próximo libro cuente sus aventuras. Es un personaje carismático, aunque a mi hermana no le cae nada bien. Sin duda, es uno de mis favoritos.
En la trama se mezcla la historia peculiar del vampiro Valentín Nagdy con la alquimia, la leyenda de la Atlántida y otras cuestiones. No he podido evitar la tentación de darle un matiz político a este relato. Ser un vampiro así como así, no tiene gracia; tenía que tener algo más, y yo le he inventado a este personaje características de líder que cree ciegamente en su religión y sus ideas, y trata de aplicarlas a los demás por su bien. Conocemos en nuestro mundo a muchos políticos fanáticos religiosos que buscan como él "el bien de la sociedad" y que lo que consiguen en realidad, es opresión y falta de libertades públicas. En todo (o casi todo) lo que yo escribo hay una segunda lectura. Yo creo que el fantástico es un género que permite mayor libertad en este sentido que el realismo. Cosas que en una novela costumbrista no se tolerarían por "políticamente incorrectas", situadas en otras coordenadas, en otros mundos, pasan casi desapercibidas.
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Capitulo 1
Tal día como aquel, un cinco de octubre de dos años atrás, Ariane había llegado a la mansión del profesor Lippershey para celebrar una entrevista de trabajo. Él, un parapsicólogo excéntrico, solicitaba entonces secretaria, después de haber agotado con sus psicofonías, sus espiritismos y sus rarezas los nervios de las candidatas que le enviaban de las agencias de colocación.
Cuando abrió la puerta y vio a la mujer, aunque escasa en centímetros y un poco metida en carnes, bien pertrechada de encantos, mirándole con cara de despiste y los ojos abiertos de par en par, como asombrada de su imponente estatura y su tenebrosa presencia, se quedó prendado de ella, y consideró que sería un desperdicio emplearla sólo como ayudante. Desde ese mismo instante hizo planes de boda, pero sin contar con la novia, por supuesto.
Aunque al principio, cegado por su vanidad de curtido conquistador, Lippershey había juzgado que sería coser y cantar rendirla a sus pies, no le resultó fácil hacerle ver a la esquiva señora cuánto ganaba aceptando sus proposiciones serias y nada honestas. Ariane gozaba con las galanuras y las zalamerías que él le dedicaba, con sus chistes, con sus investigaciones sobrenaturales y sus andanzas, como cuadra a un espíritu romántico, pero temiendo las consecuencias de una decisión precipitada, como la que había hecho fracasar su primer matrimonio no había demostrado, en principio, demasiado entusiasmo ante aquellas proposiciones. Mas después de meses de aventuras, alegrías y risas, de contrariedades y penas (de las que se ha hecho preciso y extenso relato en el libro anterior a éste[1]), ella se había convencido de que no era locura (y si lo era, le daba igual) unirse en matrimonio a un hombre de más de setenta y cinco años que le sacaba treinta, por lo menos, contando, además, con el total rechazo de una parte de su familia.
Todavía tenía en la memoria el castañeteo de dientes de su hermana Eva, que la había atormentado durante la celebración de los esponsales en la sala de plenos del Ayuntamiento de Calibánn. Aquella jornada de mediados de diciembre resultó singularmente nivosa y gélida, pero mucho nos tememos que ésta no fuera la causa de sus temblores: para la seria dama lo que se consumaba ante sus ojos era una aberración que había tratado de evitar por todos los medios. No tragaba a Sir Alex; su informalidad y su descaro la sacaban de quicio; y sobre todo, se moría de desesperación al imaginar a su hermana en brazos de un hombre de esa calaña (viejo, loco, inglés...) No pasaba un día sin que la llamara para recordarle el error que cometía y que, según ella, acabaría pagando muy caro.
El viernes en que se inicia nuestra historia, Ariane y Lippershey, ajenos a los presagios de la doctora, habían cocinado juntos, y, solos en la intimidad aromática del ajo y del perejil, habían recordado con un punto de nostalgia y mucho humor todos los avatares que les habían llevado a aquel estado de felicidad sosegada y serena que nacía de la mutua compañía.
Cada vez que Sir Alex la miraba, se le aceleraba el pulso. En los últimos tiempos antes de conocerla había temido tanto el quedarse solo en la edad provecta que no cabía en sí de gozo al ver su casa rejuvenecida con savia nueva, con risas infantiles y rebeldías adolescentes, que acallaban la intensidad solemne y rancia del incienso que quemaban sus pebeteros. Eso era vida, vida joven, palpitando en las arterias endurecidas de una mansión que había estado a punto de fenecer de tristeza y que, ahora, cambiada de cara y de espíritu por los buenos oficios de Ariane, y de su toque femenino, relucía de hermosura y ya no podía ser más acogedora y cálida. Era una delicia echar una ojeada a la biblioteca: allí aparecían, de pronto, tirados encima de la mesa camilla, los libros escolares de Xavi y sus videojuegos, o la ropa y los zapatos de Marina esparcidos por el suelo y los sofás, al lado de los gruesos mamotretos de erudición plomiza que Sir Alex había logrado rescatar luego de haberlos dado por perdidos tras su último combate contra la Reina de la Ira. Ariane regañaba a sus pequeños por ser tan negligentes, pero a Sir Alex le encantaba que los niños fueran niños y no se dejaran dominar por un exceso de disciplina, reservado únicamente a hombres de pelo en pecho con obligaciones delimitadas. Se estaba haciendo blando; ya no veía las cosas con el rigor de la madurez viril. Durante el camino se habían ido quedando muchas convicciones y filosofías estrictas, mucha virtud y mucho nietzscheanismo. Era ley de vida, o quizá desengaño de todo sistema de creencias enemigo de la espontaneidad. A lo que no había renunciado era a sus costumbres saludables: yoga, tai-chi, bicicleta, golf, baile (en sus versiones vertical y horizontal) y comida vegetariana... ah, y ese derroche de humor irónico y sin cortapisas que era su mejor arma contra las tragedias de la vida. Si bien lo del humor era una cualidad que Ariane adoraba, el vegetarianismo lo llevaba fatal. Se veía en la obligación, la mayor parte de los días, de preparar dos almuerzos, uno para Sir Alex y otro para los demás. Su repugnancia hacia las acelgas y demás verduras era infinita. Solía argumentar: “Xavi está creciendo; tiene que comer carne.” Era un punto poco discutible, pero lo que ofrecía más dudas era que ella la necesitara también.
Aquella sobremesa habían servido un menú al gusto de todos: vichysoisse, ensalada de arroz y patatas alioli, con poco ajo en la salsa, eso sí.
—¡Qué ricas! ¿Verdad, Alex, que hoy nos han salido muy bien? —musitó la señora de la casa, con la última patata atravesada en la boca.
—Todo lo que hacemos tú y yo nos sale bien y está muy rico —dijo él, causando rubor a la dama, que le amonestó con un “Oh, Alex, calla, por Dios”.
—No seas mojigata, preciosa... que todavía no has probado el postre —respondió él, abrazándola y cubriéndola de caricias y besos a los que ella se resistía, por vergüenza, entre carcajadas y susurros de reprimenda.
Xavier y Marina se miraron con expresión hastiada. El espectáculo ya estaba muy visto y aburría por lo melifluo.
—Mamá —dijo la joven, después de lanzar un suspiro—. Esta tarde voy a ir al cine; necesito dinero.
—¿Dinero? ¿Y tu paga? No me digas que ya no te queda nada... Si estamos a principios de mes...
—Oye, que tengo muchos gastos —la muchacha aplacó su excitación y metió un tono más calmado, casi timorato—; y, además, había pensado ir a cenar por la noche con Pedro.
—Pedro, Pedro... —dijo Ariane, rabiada—. ¡Qué invite él! ¿Qué clase de novio es ese?
—No es novio, te lo he dicho mil veces; sino amigo.
—Con un amigo no se besuquea una tanto.
—Bueno, ¿me das el dinero o qué? —protestó la joven, irritada y encendida.
—Tranquila, pequeña; ya te lo doy yo —intervino Sir Alex, echando mano al bolsillo de la chaqueta; le lanzó la cartera a la joven, para que se sirviera ella misma.
—¿Y a mí qué? —protestó Xavi.
—Tú también puedes tomar lo que quieras...
—Ni pensarlo. Con cinco euros va que se mata.
—Cinco, menuda birria. Mira, mira cuánto ha cogido Marina: tres billetes de veinte... —protestó el niño, que luchaba con su hermana por la posesión de la cornucopia.
—Bueno, pues gracias —dijo la muchacha, devolviendo la cartera mucho más flaca; hizo ademán de levantarse de la mesa.
—¡Eh, tú! ¿Adónde te crees que vas? Aún no has terminado de comer...
—No tengo hambre. ¿O es que me vas a hacer tragar a la fuerza como a los niños?
—A que te quedas castigada sin salir... —refunfuñó Ariane.
—Venga, mami; no seas antipática —dijo la joven, que ya salía del comedor con aire desenvuelto y expresión engreída, al tiempo que se abanicaba con los billetes.
—No te enfades... —le susurró Sir Alex a su mujer, que había puesto mala cara; la estrujó contra su pecho y le prodigó de nuevo esos arrumacos con los que siempre lograba arrancarle la sonrisa.
Xavi observó las carantoñas de la pareja con perplejidad y enojo. No soportaba que se dijeran cosas al oído estando él delante. El profesor le había enseñado a leer en los labios, pero en ocasiones como aquella no precisaba de habilidades tan sofisticadas para entender qué se traían entre manos. La intuición se confirmó cuando Ariane, después de apartar con delicadeza a su esposo, se dirigió al joven y le dijo, con las mejillas encendidas:
—Xavi, vamos a echarnos un rato a dormir la siesta. Si llama Eva le dices que llame más tarde, o que ya la llamaré yo... pero no me avises ¿eh?
—Bueno —respondió con voz cansina el muchacho, quien, para sus adentros, se decía: “Sí, siesta.”
Cuando su padrastro y su madre se refugiaron en la alcoba, Xavi recogió los platos en el fregadero y los dejó allí listos para Berta, una muchacha que les limpiaba y adecentaba la casa por horas y que solía llegar sobre las tres. El niño marchó luego a la biblioteca a escuchar música. Puso un CD en la cadena musical del profesor. El estruendo de las guitarras eléctricas y las baterías inundó la pieza.
Xavi se dejó caer como un saco de patatas en el tresillo; puso los pies sobre la mesa, al estilo reyezuelo caprichoso y vago. Siegfried, el gato de la casa, buscó al instante su tripa. El niño acarició su lustroso pelaje color chocolate. Era un siamés de preciosos ojos azules que Sir Alex había encontrado en una de las hondonadas de la mugrienta plaza Comendatori, donde se asentaba su mansión victoriana. En aquel lugar, que era plasmación vulgar del Infierno de Dante, con drogadictos penando por su vicio y prostitutas penando por el de los demás, cualquier cosa mala podía suceder, incluso que algún malnacido abandonara a un cachorro de gato a su suerte. Regresaba el profesor de uno de sus paseos en bicicleta cuando escuchó un maullido desesperado. Tras saltar de su montura, buscó entre los detritus, botellas rotas, jeringuillas usadas y otros restos más innombrables, sin temor a contagios, hasta que un cuerpecito tembloroso se descubrió bajo unos plásticos: fue un flechazo. El profesor lo tomó entre sus brazos y lo llevó a casa. El número uno de la Plaza Comendatori tendría a partir de aquel instante un habitante más que el Amo en persona se encargaría de alimentar y cuidar, ya que a la señora Lavalle le daban un poco de grima los animales. El pequeño Siegfried prefería a Sir Alex entre todos los demás humanos, mientras que a Ariane no la podía ver, sentimiento que era mutuo. Cuando el gatito buscaba el cuerpo de su Amo en la cama matrimonial para dormir enroscado sobre su cuello, Ariane lo agarraba de la cola, con bastante asco, y lo arrojaba fuera. Luego que no se extrañara de que alguna de sus prendas favoritas apareciera hecha trizas a arañazos encima de la cómoda. Durante las siestas la señora de la casa cerraba la puerta. Entonces buscaba al número dos de sus afectos, el joven Xavi.
Éste le pasó la mano a lo largo del espinazo, como dibujándoselo.
Al cabo de unos minutos, Marina entró en la biblioteca, arreglada para salir.
—Pero, ¿no puedes poner esa música más baja? Sabes que a mamá y a Sir Alex no les gusta.
—No creo que bajen a regañarme. Han ido a dormir la siesta... —ironizó el mozo, rascando la barbilla del minino.
Marina rió.
—¿Otra vez? ¡Qué energía tiene ese hombre!
—Si, es más pesado que el plomo...
—No te pongas celoso, hermanito; ya te pareces a tía Eva... —Marina corrió a bajar el volumen de la música—. ¡Por Dios! Vas a quedarte sordo. Así está mejor, hombre.
—¿Te has pintado los labios? —dijo Xavi, que se había percatado por fin de por qué su hermana le parecía diferente—. Qué risa: pareces una vieja de treinta años o así.
—Calla, idiota... —replicó ella, ruborizada.
—Estás feísima. ¿De verdad vas a ir a la calle con esas pintas?
—Pero, ¿tú que entenderás? Ponte a estudiar y deja de molestarme, mocoso.
—No tengo nada que hacer. Ya acabé mis deberes.
—Embustero.
—Por lo menos yo no hago como que estudio. Esas fotos de Brad Pitt que tienes metidas en los libros de Medicina no entran en el temario...
—¡Serás asqueroso! ¡Te voy a matar! —gritó Marina; de inmediato, se lanzó sobre Xavi. El niño, muy ágil se escabulló, dejándose deslizar por el sofá hasta el suelo, entre risas. Siegfried pegó un bote, y corrió a refugiarse bajo el sofá.
—Vaya doctora que vas a ser tú: experta en guaperas, ji, ji...
—Los hermanos son realmente odiosos, ¿por qué no seré hija única? —reflexionó la muchacha mientras se componía; no quería que se le estropease el maquillaje que con tanto esfuerzo se había embadurnado por la cara: era en momentos como aquél cuando más lamentaba no haber empezado a preocuparse por los intrincados secretos de la belleza femenina en la edad en que lo hacen todas las niñas y dejarse de historias grunge. El timbre de la puerta sonando de repente, la sobresaltó.
—Vete a abrir, enano —ordenó la joven, que se retocaba los labios en un espejo de la biblioteca.
—¿Y por qué no vas tú?
—Te digo que obedezcas... —chilló Marina.
Xavi chasqueó la lengua. Con un salto se levantó del piso; corrió a la puerta de la entrada. “Como sea su amiguito no la aviso ni de broma” tramaba de camino, como venganza.
Sin echar el ojo por la mirilla, abrió.
Al otro lado apareció la figura de un chico de elevada estatura, moreno y más bien flaco, de unos veinticinco años, enfundado en una chaqueta de cuero y unos jeans nuevecitos, que apoyaba su mano junto a una de las jambas. Estaba empapado de pies a cabeza. El cabello, lacio, le caía sobre las orejas y el cuello, como una cascada, goteándole sobre la larga nariz y los finos pómulos. Lucía barba de dos días como un hombre duro, aunque la expresión de sus ojos era melancólica y dulce. A Xavi le resultaba una cara muy familiar.
—¿Vive aquí el profesor Lippershey? —preguntó el desconocido en inglés.
—Claro, ¿no has visto la placa? ¿Venías a hacerte una regresión de esas? –preguntó, ingenuamente, Xavi.
—No, no —rió el joven—. Me llamo Evan-Emrys Lippershey. Sir Alex es mi abuelo. —Xavi abrió la boca con proporción desmesurada. El extranjero se despejó el flequillo chorreante de la frente—. ¿Me dejas pasar?: estoy calado hasta los huesos.
—¿Seguro que eres el nieto del profesor? —dijo Xavi, receloso, arrimando un poco la puerta.
—¿Quieres ver mi pasaporte? —preguntó, con tono ligero, Evan Lippershey.
—Pues sí... —replicó Xavi, arrugando el ceño.
El inglés volvió a sonreír.
—Mira, señorito aduanero, si soy quien digo —bromeó, y le arrojó la documentación que acababa de sacar de la mochila, su único equipaje a la vista.
—Vale; está en regla Evan-Emrys —declaró el niño, luego de echar un vistazo corto a los papeles—. Entra y ponte cómodo...
—Muy amable. Por cierto, ¿tú quien eres? —dijo Evan, penetrando en la mansión con paso resuelto.
—Soy Xavi Lavalle.
—Ya, ¿pero qué pintas en esta casa? —ironizó el joven.
—Mi madre está casada con el profesor.
Evan meneó la cabeza como si hubiera recibido la confirmación de una noticia ya conocida.
Mientras se demoraba contemplando los extravagantes cuadros (de temáticas un poco escabrosas como monstruos, crímenes colectivos, ruinas góticas, etc) que saturaban las paredes, firmados por una tal Ariane Lavalle, y las hechuras interiores de la casa, de corte clásico, pero no rancio, Xavi entró a todo correr en la biblioteca llamando a voces a su hermana.
Marina, que ya había quitado la música, seguía en plan coqueto, comprobando si iba bien aparejada. La falda la hacía sentir incómoda, no solo porque era demasiado corta, sino porque no tenía costumbre de enseñar las piernas, que como toda jovencita, consideraba llenas de defectos. Pasar del desaliño adolescente a la finura de toda una señorita estudiante de Medicina no resultaba fácil. Si no fuera por los chicos...
—¿Qué te pasa? ¿Por qué gritas? —preguntó la damisela, con hastío, mientras arrojaba bien lejos un zapato de tacón y puntera afilada que le destrozaba los pies.
—Ha venido un nieto del profesor.
—¿Quéeee? No lo habrás dejado entrar
Justo en este instante tan inoportuno Evan apareció en el quicio, sonriendo afable. Marina, temesora de que los hubiera entendido, se puso roja como la grana.
—¡Hola! Me llamo Evan... —dijo, simplemente, y a continuación depositó su mochila junto a la pared en que se abría la bocaza de una chimenea.
Marina, pasada su ofuscación de dos segundos, se quedó como suspensa. El invitado tenía un porte muy varonil, sin abjurar de la delicadeza de gestos y la expresión amable, materializada en una mirada transparente y luminosa, que comunicaba calidez. En verdad, tenía un gran parecido con Sir Alex en lo físico, pensó Marina, obnubilada (¿me tapará el rubor el maquillaje?). La diferencia era que Sir Alex era sentimentalmente como un témpano, mientras que aquel joven rezumaba un perfume amistoso y adorable.
—¡Hola! —repitió él, en vista del silencio nervioso que mantenía a Marina paralizada—. ¿Cómo te llamas?
Xavi rió por lo bajo.
—Es mi hermana Marina; y creo que le gustas. Pero no te hagas ilusiones: a ella le gustan todos...
Al oír esto, la jovencita arrugó las facciones encarnadas, y lanzó un chillido a su hermano.
—¡Quieres callarte de una vez!
Evan rió divertido por la escena. Marina corrió detrás del niño, pero él saltaba sobre el sofá como un canguro; no había quien lo atrapara. Cuando Xavi escapó de la estancia, Marina, muy alterada se dirigió al extraño en inglés.
—Perdona que no te saludara; es que, es que... Bueno, me ha sorprendido tu llegada... Anda, siéntate —musitó la muchacha, a quien no le ocurría nada más inteligente que decir.
Evan obedeció con un poco de reparo.
—Voy a mojar el asiento; mira como tengo la ropa...
—¿Te pilló el chaparrón, eh? Encenderé la chimenea para que te seques —ofreció la moza, que había tomado los instrumentos de atizar con dedos temblorosos.
—No; deja; ya lo hago yo —dijo el inglés, levantándose al instante. Marina no pudo objetar nada: él, sin querer, le rozó la mano al quitarle las pastillas de encender. Eso la dejó catatónica.
En pocos minutos Evan consiguió un bonito y crepitante fuego. Ambos se pusieron lo más cerca posible de las llamas.
—¿Y mi abuelo? ¿No está en casa? —preguntó, mientras extendía los brazos hacia la hoguera, y se dejaba bañar por los reflejos que escapaban de su seno ígneo.
—Se echó un rato a dormir la siesta con mi madre. Da por hecho que no se levantarán hasta pasadas las cuatro... —afirmó Marina, con ironía—. Oye; no me has dicho para que has venido. ¿Estás de paso?
—No, no; vengo para quedarme. Está es mi casa también, ¿o no?
—Pues no; esta casa es de mi madre, de mi hermano y mía...
—Yo quería decir que lo era espiritualmente; ya sé de sobra que tu madre anduvo lista para despojar a mis padres y a mis tíos.
Esta respuesta soliviantó a Marina, a ojos de la cual el joven perdía puntos a velocidad de vértigo. De pronto, sintió una incomodidad punzante en la tripa. Sabía de los tejemanejes que se traían los parientes de Sir Alex para quitarles todo lo que poseían. El caballero había tenido la precaución de poner la casa y las cuentas corrientes a nombre de Ariane y sus niños, amén de arreglar el testamento para favorecerlos, pero el clan Lippershey no estaba en absoluto dispuesto a dejar escapar una fortuna porque al viejo le hubiera dado la chifladura de casarse por capricho con una lagartona que iba detrás de su dinero. Por un momento, la chica pensó que tenía ante sus narices a un enviado de la familia de su padrastro con prerrogativas para intrigar en ese sentido. Marina estaba tan desconcertada que lanzó un exabrupto sin meditarlo.
—Pero tú, ¿qué es lo que quieres de Sir Alex?
Evan, sin acritud, respondió.
—Me enteré de la Escuela de Parapsicología que va a fundar. —Entornó los ojos con una melancolía honda y húmeda—. Quisiera colaborar.
—Que te coloque Sir Alex de profe, ¿no? Pues estás listo. Poner en pie la Escuela le está costando mucha dedicación y dinero. Como para confiar en un recién llegado. Además, para tomar una decisión tan importante debería contar con el visto bueno de su socio, el doctor Adamski. Y no creo que a él tampoco le agrade que un jovenzuelo sabihondo le dé lecciones...
—Eso lo veremos...
—Tú no lo verás...















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